El poder de las palabras
Quizás todavía recuerdes una frase que alguien te dijo cuando eras niño: unas palabras que te dieron confianza justo cuando dudabas de ti, una expresión cariñosa que te hizo sentir protegido o, por el contrario, un comentario que te avergonzó y que aún hoy puedes recordar.
Las palabras forman parte de nuestra vida cotidiana. Con ellas enseñamos, ponemos límites, expresamos cariño, resolvemos conflictos, explicamos lo que sentimos y construimos relaciones.
Pero también podemos herir, etiquetar, ridiculizar o hacer sentir a otra persona que no es capaz.
Cuando hablamos con niños y adolescentes, nuestras palabras adquieren una importancia especial. No porque una frase aislada determine quiénes serán en el futuro, sino porque la manera habitual en que nos comunicamos contribuye a crear el entorno de relaciones en el que crecen y aprenden. Las interacciones atentas y recíprocas con los adultos favorecen el desarrollo temprano del lenguaje y de habilidades sociales y emocionales.
Por eso, quizás valga la pena preguntarnos:
¿Somos realmente conscientes de cómo hablamos a los niños cuando enseñamos, corregimos, felicitamos o estamos enojados?
📌 Ficha rápida
¿Las palabras realmente influyen en los niños?
Sí. La comunicación cotidiana forma parte de las relaciones mediante las cuales los niños aprenden a expresarse, comprender emociones y relacionarse con otras personas. Además de las palabras, también importan el tono de voz, los gestos y la manera en que escuchamos.
¿Significa que nunca podemos decir algo negativo?
No. Los niños necesitan límites, correcciones y orientación. La diferencia está en corregir una conducta sin descalificar a la persona.
¿Es mejor elogiar constantemente?
Tampoco se trata de elogiar todo. Es más útil ofrecer un reconocimiento sincero y específico que permita al niño comprender qué hizo, qué estrategia utilizó o qué esfuerzo realizó.
¿Qué ocurre si digo algo que hiere a mi hijo?
Los adultos también nos equivocamos. Podemos reconocerlo, disculparnos y reparar. Hacerlo también enseña una manera saludable de enfrentar los errores.
¿Esto también se aplica a las redes sociales?
Por supuesto. Las palabras escritas pueden difundirse rápidamente, permanecer en línea y llegar a muchas personas. Educar en el uso responsable del lenguaje también forma parte de la ciudadanía digital.
Las palabras no son solamente palabras
Desde los primeros meses de vida, los niños aprenden mediante interacciones con las personas que los rodean.
Un bebé balbucea y un adulto responde.
Un niño señala algo y alguien lo nombra.
Más adelante pregunta, cuenta una experiencia, expresa una emoción o pide ayuda y espera una respuesta.
Estas conversaciones de ida y vuelta ayudan a desarrollar conexiones relacionadas con el lenguaje, la comunicación y las habilidades sociales. Incluso antes de que un niño pueda hablar, nombrar aquello que observa, hace o siente puede favorecer importantes conexiones lingüísticas.
Pero las palabras también transmiten algo acerca de las relaciones.
Cuando escuchamos con atención, respondemos respetuosamente y mostramos interés por aquello que un niño intenta comunicar, no solamente intercambiamos información: también le mostramos que aquello que piensa y siente merece ser escuchado.
🧠 ¿Por qué funciona?
Los niños aprenden a comunicarse comunicándose.
Las interacciones recíprocas entre un niño y un adulto atento ofrecen oportunidades para escuchar palabras, relacionarlas con experiencias, expresar necesidades y desarrollar progresivamente habilidades sociales y cognitivas.
Además, los adultos somos modelos.
Si queremos que un niño aprenda a expresar desacuerdo sin insultar, pedir disculpas, escuchar o hablar de sus emociones, necesita oportunidades para observar esas conductas en las personas que lo rodean.
Por eso, educar mediante las palabras no consiste únicamente en decirle a un niño cómo debe hablar.
También implica preguntarnos:
¿Cómo hablamos nosotros cuando estamos cansados, frustrados o en desacuerdo?
🌱 No es lo mismo corregir una conducta que etiquetar a un niño
Este es uno de los cambios más sencillos que podemos realizar en nuestra manera de comunicarnos.
Imaginemos que un niño deja todos sus juguetes en el suelo.
Podemos decir:
❌ “Eres muy desordenado.”
O podemos decir:
✅ “Los juguetes quedaron en el suelo. Necesitamos guardarlos.”
En el primer caso describimos al niño.
En el segundo describimos la situación y aquello que debe hacer.
La Academia Americana de Pediatría recomienda que, cuando los adultos estén molestos, quede claro que el problema es la conducta y no el niño como persona. También aconseja evitar burlas hirientes, descalificaciones y formas de comunicación que humillen.
Podemos aplicar el mismo principio en muchas situaciones:
“Una conducta puede corregirse. Una etiqueta, en cambio, puede terminar influyendo en la manera en que los demás ven al niño y en cómo hablamos de él.”
💬 Poner palabras a lo que sentimos
Los niños no nacen sabiendo identificar y expresar todas sus emociones.
Aprenden gradualmente.
Cuando un niño llora, grita o se muestra frustrado, el adulto puede ayudarlo a poner palabras a lo que está experimentando:
“Parece que estás muy enojado.”
“Creo que te frustró que no resultara como esperabas.”
“Te dio pena que tu amigo no quisiera jugar.”
“Estás emocionado porque mañana iremos de paseo.”
Esto no significa justificar cualquier conducta.
Podemos reconocer la emoción y, al mismo tiempo, establecer un límite:
“Entiendo que estás enojado, pero no podemos pegar. Puedes decirme qué necesitas.”
UNICEF recomienda ayudar a los niños a nombrar sus sentimientos y escucharlos con empatía, especialmente cuando todavía los expresan principalmente mediante conductas.
Poco a poco, disponer de palabras para expresar lo que sienten amplía sus posibilidades de comunicación.
🌟 Reconocer sin convertir cada logro en una etiqueta
Las palabras positivas también merecen atención.
A veces, con la intención de fortalecer la confianza, utilizamos expresiones como:
“Eres el más inteligente.”
“Eres un genio.”
“Eres el mejor de todos.”
No necesitamos eliminar los elogios ni dejar de celebrar los logros. Podemos hacer algo más útil: ser específicos.
Por ejemplo:
“Seguiste intentando aunque al principio te costó.”
“Encontraste otra manera de resolverlo.”
“Noté que hoy esperaste tu turno.”
“Trabajaste con mucha concentración.”
“Tuviste una buena idea para solucionar el problema.”
Describir el esfuerzo, las estrategias o una conducta concreta ayuda al niño a comprender qué hizo bien. La Academia Americana de Pediatría recomienda utilizar reconocimientos específicos y prestar atención al esfuerzo y al proceso, no únicamente al resultado.
🏫 Las palabras también educan en la escuela
Una sala de clases está llena de palabras.
Las utilizamos para explicar, preguntar, retroalimentar, corregir, acompañar y resolver conflictos.
Un docente puede decir:
“Esto está mal.”
O puede agregar:
“Revisemos juntos dónde apareció el error.”
Puede decir:
“Tú nunca participas.”
O preguntar:
“¿De qué manera te resultaría más cómodo participar?”
Puede decir:
“Esto es muy fácil.”
O
“Vamos a intentarlo paso a paso.”
Esto no significa disminuir las expectativas ni evitar las correcciones. Significa ofrecer orientaciones que permitan al estudiante comprender qué puede hacer a continuación.
Y esto adquiere especial importancia cuando un niño ya ha acumulado experiencias de fracaso.
A veces, una frase como:
“Todavía no resulta, probemos de otra manera.”
puede abrir una posibilidad donde el estudiante comenzaba a pensar:
“Yo no puedo.”
♿ Cuando comunicarse requiere otras formas
Hablar del poder de las palabras también implica reconocer que no todos los niños se comunican de la misma manera.
Algunos necesitan más tiempo para responder.
Otros comprenden mejor cuando las palabras se acompañan de imágenes, gestos u objetos concretos.
Algunos pueden comunicarse mediante pictogramas, señas, dispositivos de comunicación o sistemas aumentativos y alternativos.
Otros saben lo que quieren expresar, pero necesitan apoyo para organizarlo.
En estos casos podemos:
- utilizar frases claras y breves;
- acompañar el lenguaje oral con apoyos visuales;
- dar tiempo suficiente para responder;
- ofrecer alternativas para elegir;
- comprobar que comprendieron sin interrogarlos;
- anticipar situaciones nuevas;
- aceptar gestos, señalamientos u otras formas de comunicación;
- evitar hablar por el niño cuando puede responder por sí mismo.
Comunicarse no significa necesariamente hablar.
Lo importante es que cada niño encuentre una forma de expresar lo que piensa, siente, necesita y desea compartir.
❤️ ¿Y cuando nosotros nos equivocamos?
Habrá días en que perderemos la paciencia.
Quizás levantemos la voz, hagamos un comentario injusto o digamos algo que después lamentemos.
Ser un adulto respetuoso no significa comunicarse perfectamente todo el tiempo.
Lo importante es lo que hacemos después.
Podemos acercarnos y decir:
“Lo que te dije no estuvo bien. Estaba enojado, pero no debí hablarte de esa manera. Lo siento.”
Pedir disculpas no elimina los límites ni disminuye nuestra autoridad.
Por el contrario, podemos mostrar con nuestras propias acciones algo que queremos enseñar:
cuando nuestras palabras dañan, también podemos utilizar palabras y acciones para reparar.
📱 El poder de las palabras también existe detrás de una pantalla
Antes, una burla podía quedar entre quienes estaban presentes.
Hoy un comentario puede escribirse en segundos, compartirse, reenviarse y permanecer disponible mucho después de haber sido publicado.
El ciberacoso puede incluir rumores, comentarios ofensivos, mensajes humillantes o la difusión de contenidos destinados a avergonzar a otra persona. Enseñar comportamientos responsables en línea forma parte de la ciudadanía digital.
Por eso, niños y adolescentes necesitan aprender que detrás de cada perfil existe una persona.
Antes de publicar, comentar o reenviar algo, podemos enseñarles a preguntarse:
¿Sé que esto es verdadero?
¿Es necesario compartirlo?
¿Estoy respetando a las personas involucradas?
¿Me sentiría cómodo diciendo esto si la persona estuviera frente a mí?
Y los adultos también debemos hacernos esas preguntas.
Los niños observan cómo hablamos de otras personas, cómo reaccionamos ante una noticia y qué escribimos cuando estamos en desacuerdo.
La ciudadanía digital también se aprende mediante el ejemplo.
⚠️ Algunas expresiones que conviene revisar
Muchas frases se transmiten de generación en generación y las utilizamos casi automáticamente:
- “Deja de llorar.”
- “No es para tanto.”
- “Tu hermano sí puede.”
- “Siempre haces lo mismo.”
- “Qué vergüenza.”
- “Los niños grandes no lloran.”
- “Eres demasiado sensible.”
- “No sabes hacer nada solo.”
No significa que una frase ocasional determine el desarrollo de un niño.
La invitación es simplemente a observar qué mensajes repetimos habitualmente y preguntarnos si realmente comunican aquello que queremos enseñar.
Podemos reemplazar algunas de ellas por:
“Veo que esto te afectó.”
“Intentémoslo de otra manera.”
“Cada persona aprende a su ritmo.”
“Lo que hiciste tuvo una consecuencia; veamos cómo repararlo.”
“Puedes pedir ayuda si la necesitas.”
Cambiar nuestra manera de hablar requiere práctica. También nosotros estamos aprendiendo.
❓ Preguntas frecuentes
¿Tengo que medir cada palabra que digo?
No. La comunicación familiar debe ser natural. No se trata de hablar siguiendo un guion, sino de tomar conciencia de algunos hábitos que pueden repetirse y resultar poco útiles o hirientes.
¿Poner límites firmes puede afectar emocionalmente a un niño?
Los límites y el respeto no son incompatibles. Podemos ser claros y firmes sin insultar, ridiculizar o amenazar.
¿Qué hago si mi hijo me dice “te odio”?
En momentos de mucha frustración, los niños pueden utilizar expresiones intensas. Antes de reaccionar únicamente a las palabras, podemos intentar comprender qué ocurrió y ayudarlo a encontrar maneras más adecuadas de expresar su enojo.
¿Debo pedir disculpas a un niño?
Sí, cuando corresponde. Reconocer un error permite modelar responsabilidad y reparación.
¿Qué hago si otras personas etiquetan constantemente a mi hijo?
Podemos intervenir con tranquilidad. Por ejemplo:
“Preferimos no decir que es tímido. A veces necesita un poco más de tiempo antes de participar.”
De esta manera protegemos al niño sin generar necesariamente un conflicto.
¿Qué ocurre con las bromas?
El humor puede fortalecer los vínculos, pero deja de ser divertido cuando humilla, ridiculiza o hace sentir mal a otra persona. La Academia Americana de Pediatría recomienda evitar el sarcasmo y las bromas hirientes en la comunicación con los niños.
🌿 Para recordar
Las palabras pueden enseñar, consolar, orientar, poner límites, pedir perdón y abrir conversaciones.
También pueden etiquetar, avergonzar, excluir o herir.
No necesitamos comunicarnos perfectamente con nuestros hijos o estudiantes.
Necesitamos estar dispuestos a observar cómo hablamos, escuchar cómo reciben nuestras palabras y cambiar cuando descubrimos una manera mejor de hacerlo.
A veces una pequeña modificación puede transformar completamente un mensaje:
De “eres desordenado” a “necesitamos ordenar”.
De “no puedes” a “todavía necesitas ayuda”.
De “deja de llorar” a “veo que estás triste”.
De “lo hiciste mal” a “veamos qué podemos corregir”.
Las palabras no solucionan todo.
Pero pueden ayudarnos a construir relaciones donde sea posible aprender, equivocarse, conversar y reparar.
Conclusión
El poder de las palabras trasciende nuestras conversaciones cotidianas. Las palabras pueden influir en la sociedad, transmitir ideas, defender aquello que consideramos importante y también dañar a otras personas.
Pero quizás el lugar más cercano para comenzar a utilizarlas responsablemente sea nuestra propia vida cotidiana.
- En casa.
- En la sala de clases.
- En una conversación.
- En un mensaje.
- En aquello que escribimos en una red social.
- Y, especialmente, en la manera en que hablamos a los niños.
No podemos controlar todas las palabras que escucharán durante su vida. Pero sí podemos procurar que, entre las nuestras, encuentren algunas que les permitan sentirse escuchados, respetados y capaces de seguir aprendiendo.
💚 Consejo de la educadora
Como educadora, he aprendido que muchas veces una pequeña modificación en nuestras palabras cambia completamente la manera en que un niño recibe una corrección.
No es lo mismo decir:
“Tú no sabes hacerlo.”
que decir:
“Esto todavía te cuesta. Vamos a buscar otra estrategia.”
En ambos casos reconocemos que existe una dificultad. La diferencia es que en el segundo dejamos abierta la posibilidad de aprender.
Por eso, cuando tengas que corregir a un niño, intenta separar aquello que hizo de aquello que es.
Corrige la conducta.
Enseña lo que esperas.
Pon límites cuando sea necesario.
Pero procura que tus palabras no conviertan un error, una dificultad o un mal día en una definición permanente de quién es ese niño.
📚 Fuentes consultadas
- Center on the Developing Child, Harvard University. Serve and Return: Back-and-Forth Exchanges.
- UNICEF. Cómo comunicarte de manera efectiva con tus hijos pequeños.
- American Academy of Pediatrics – HealthyChildren.org. Communication Dos and Don'ts.
- American Academy of Pediatrics – HealthyChildren.org. Improving Family Communications.
- StopBullying.gov. Digital Citizenship Skills y Cyberbullying Tactics.
💬 ¿Y tú?
¿Hay alguna frase positiva que alguien te haya dicho durante tu infancia y que todavía recuerdes?
¿O alguna expresión que, ahora que eres adulto, has decidido no repetir con tus hijos o estudiantes?
Te invito a compartir tu experiencia en los comentarios. Nuestras palabras pueden parecer pequeñas, pero la forma en que las utilizamos también forma parte del modo en que cuidamos a los demás.



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