Adiós a la infancia: cómo acompañar los cambios de la adolescencia temprana

Revisado y actualizado: septiembre–octubre de 2026.

“Antes me contaba todo.” “Ahora quiere estar más tiempo en su pieza.” “Por cualquier cosa se molesta.” “Sus amigos parecen importarle más que nosotros.” “Cuestiona reglas que antes aceptaba sin problemas.”

Para muchas familias, el paso de la infancia a la adolescencia puede sentirse desconcertante.

Ese niño o niña al que conocíamos tan bien comienza a pedir más privacidad, expresar opiniones con mayor firmeza, interesarse intensamente por sus amistades y buscar espacios propios.

A veces incluso podemos preguntarnos:

“¿Qué le pasó?”

Probablemente no le haya “pasado” nada malo.

Está creciendo.

La Organización Mundial de la Salud (World Health Organization, WHO; OMS en español) sitúa la adolescencia entre los 10 y los 19 años y la describe como una etapa de importantes cambios físicos, cognitivos y psicosociales que influyen en la manera de sentir, pensar, tomar decisiones y relacionarse con el entorno.

Dentro de este período suele hablarse de adolescencia temprana para referirse aproximadamente a los años comprendidos entre los 10 y los 14, aunque estas edades son orientativas y el desarrollo no sigue un calendario idéntico para todas las personas.

Comprender estos cambios puede ayudarnos a dejar de interpretar cada distancia, desacuerdo o necesidad de independencia como un rechazo y comenzar a acompañar de otra manera.


📌 Ficha rápida

¿A qué edad comienza la adolescencia?
La OMS considera adolescentes a las personas entre los 10 y los 19 años. La adolescencia temprana suele situarse aproximadamente entre los 10 y los 14 años, pero el inicio de la pubertad y los cambios emocionales y sociales pueden ocurrir en momentos diferentes.

¿Preadolescencia y adolescencia temprana son lo mismo?
No existe una frontera universal. “Preadolescencia” es una expresión habitual para describir los años de transición entre infancia y adolescencia. Muchos de esos cambios ocurren ya dentro de lo que actualmente se considera adolescencia temprana.

¿Es normal que quiera más independencia?
Sí. Desarrollar mayor autonomía, ampliar los espacios propios y realizar progresivamente más actividades fuera del hogar forman parte del desarrollo adolescente. Eso no significa que la familia haya dejado de ser importante.

¿Necesitar más independencia significa que ya no necesita límites?
No. La autonomía crece de manera progresiva y continúa necesitando orientación, supervisión y límites relacionados con seguridad, salud, convivencia y respeto.

¿Todos los cambios de conducta deben atribuirse a la adolescencia?
No. Algunos forman parte de esta etapa, pero si son intensos, persisten durante semanas o interfieren significativamente con la vida cotidiana, conviene prestar más atención.

¿Preadolescencia o adolescencia temprana?

Durante años hemos utilizado la palabra preadolescencia para describir ese período en que el niño parece estar “entre dos mundos”: ya no se siente completamente pequeño, pero tampoco se reconoce todavía como adolescente.

La palabra sigue siendo útil en el lenguaje cotidiano. Sin embargo, muchos de esos cambios ocurren ya dentro del período que la OMS define como adolescencia.

Más importante que encontrar una etiqueta exacta es comprender que no existe un día en que la infancia termine y la adolescencia comience de golpe.

La transición es gradual.

Un niño puede empezar a pedir mayor independencia mientras todavía disfruta juguetes, juegos o actividades que lo han acompañado durante años. Puede querer privacidad y, esa misma noche, necesitar cercanía. Puede mostrarse muy seguro frente a sus amigos y sentirse inseguro unas horas después.

Estas aparentes contradicciones no necesariamente indican un problema.

Muchas veces forman parte del proceso de crecer.


Un cuerpo y una manera de pensar que están cambiando

La adolescencia implica mucho más que la pubertad.

Hay crecimiento físico, cambios en las relaciones, nuevas preguntas sobre uno mismo, mayor interés por construir opiniones propias y una capacidad progresivamente mayor para analizar y cuestionar aquello que antes podía aceptarse con más facilidad.

La OMS señala que los rápidos cambios físicos, cognitivos y psicosociales de esta etapa influyen precisamente en cómo los adolescentes sienten, piensan, toman decisiones e interactúan con su entorno.

Por eso puede aparecer una pregunta que muchos adultos conocen bien:

“¿Por qué antes aceptaba esto y ahora lo discute todo?”

En parte, porque está construyendo una mirada más propia.

Eso no quiere decir que siempre tenga razón. Tampoco significa que los límites familiares deban desaparecer.

Significa que progresivamente necesita comprender, preguntar, expresar opiniones y participar más en algunas decisiones que afectan su vida.


“Antes me contaba todo”

Uno de los cambios que puede resultar más difícil para madres, padres y cuidadores es sentir que el hijo que antes relataba cada detalle de su día ahora responde:

“Bien.” “Nada.” “No sé.” “No quiero hablar.”

Es fácil interpretarlo inmediatamente como pérdida de confianza.

Pero necesitar mayor privacidad también puede formar parte del desarrollo de la autonomía.

A medida que crecen, los adolescentes comienzan a construir espacios internos y relaciones que ya no comparten completamente con los adultos.

El desafío consiste en respetar esa creciente intimidad sin desconectarnos.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) recomienda interesarse por aquello que el adolescente considera importante, escuchar activamente, preguntarle sus opiniones y tratar de comprender su perspectiva incluso cuando no coincide con la nuestra.

A veces estar disponibles resulta más efectivo que insistir.


Los amigos empiezan a ocupar otro lugar

Durante esta etapa, las amistades pueden adquirir un significado especialmente importante. Ofrecen pertenencia, compañía, experiencias compartidas y espacios para construir una identidad cada vez más independiente de la familia.

Por eso escuchar:

“Mis amigos sí me entienden.”

puede resultar doloroso para una madre o un padre.

Pero el creciente interés por las amistades no significa que la familia haya dejado de importar.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (Centers for Disease Control and Prevention, CDC) explican que desarrollar independencia, ampliar intereses y pasar más tiempo en actividades fuera del hogar son partes esperables del crecimiento adolescente.

Al mismo tiempo, recuerdan que madres, padres y otros adultos significativos continúan teniendo un papel importante en su desarrollo y en la toma de decisiones.

En lugar de competir con los amigos, podemos intentar conservar nuestro propio espacio de relación.

El adolescente puede necesitar intensamente a sus amistades y seguir necesitando adultos confiables.

Son vínculos diferentes, no necesariamente rivales.


Más independencia no significa ausencia de límites

Acompañar la autonomía no significa permitir que un adolescente decida absolutamente todo.

Los adultos continúan teniendo responsabilidades, especialmente en asuntos relacionados con seguridad, salud, horarios, vida digital, convivencia y respeto hacia otras personas.

Lo que puede cambiar es cómo construimos algunos límites.

Un niño pequeño necesita que los adultos tomen muchas decisiones por él. A medida que crece, puede participar progresivamente en ellas.

Podemos explicar por qué existe una norma, escuchar su propuesta, negociar aquello que realmente puede negociarse, revisar acuerdos cuando demuestra mayor responsabilidad y mantener con claridad los límites que siguen siendo necesarios.

Los CDC recomiendan combinar expectativas claras y consistentes con una participación creciente del adolescente en decisiones y acuerdos familiares.

La supervisión tampoco tiene que desaparecer. Puede transformarse a medida que aumentan la experiencia, la responsabilidad y la autonomía.

La autonomía no aparece cuando los adultos desaparecen.

Se construye mientras el acompañamiento va cambiando.


No todos los adolescentes viven esta etapa de la misma manera

Conviene evitar la imagen de “el adolescente típico”.

No existe uno.

Algunos disfrutan intensamente la vida social y otros necesitan mucho tiempo a solas. Algunos hablan fácilmente de lo que sienten y otros necesitan tiempo antes de encontrar palabras.

Unos se interesarán pronto por relaciones románticas. Otros lo harán más adelante o quizá no tengan ese interés.

Algunos conservarán durante bastante tiempo juegos o actividades asociadas a su infancia. Otros querrán parecer mayores cuanto antes.

También existen distintas formas de comunicación, procesamiento sensorial, regulación emocional y necesidad de apoyo.

Un adolescente autista, con discapacidad intelectual, diferencias de comunicación u otras necesidades del desarrollo también atraviesa los cambios físicos, sociales y personales propios de esta etapa, aunque pueda expresarlos o necesitar apoyos de una manera diferente.

No deberíamos medir el desarrollo adolescente utilizando una única forma correcta de comportarse, relacionarse o comunicarse.

Por eso comparar permanentemente a un adolescente con hermanos, compañeros o primos rara vez aporta información útil.


¿Cómo podemos acompañar desde la familia?

No existe una fórmula perfecta para relacionarnos con un adolescente.

Algunas ideas, sin embargo, pueden facilitar esta transición:

  • Escuchar antes de solucionar. A veces no busca un consejo inmediato, sino sentirse escuchado.

  • Interesarnos por su mundo. Su música, amistades, juegos, series o intereses pueden parecer poco importantes para nosotros, pero ser muy significativos para él.

  • Respetar cierta privacidad. Privacidad no significa desentendernos de su seguridad.

  • Mantener límites claros y coherentes. Crecer no elimina la necesidad de orientación.

  • Dar oportunidades reales para decidir. La autonomía también se aprende practicándola.

  • Evitar ridiculizar sus emociones. Algo que para un adulto parece pequeño puede sentirse muy importante para un adolescente.

  • Buscar momentos cotidianos de conexión. Una comida, un viaje en auto, cocinar juntos o realizar alguna actividad compartida pueden abrir conversaciones sin convertirlas en interrogatorios.

  • Reconocer cuando nosotros también nos equivocamos. Pedir disculpas no elimina nuestra responsabilidad como adultos y puede formar parte de la reparación de un conflicto.

UNICEF y los CDC coinciden en la importancia de mantener conexión, escucha respetuosa y oportunidades progresivas para desarrollar independencia.


No toda discusión significa falta de respeto

Cuando nuestros hijos comienzan a cuestionar nuestras opiniones, podemos sentir que están desafiando nuestra autoridad.

Pero estar en desacuerdo no es lo mismo que faltar el respeto.

Podemos permitir que un adolescente piense diferente y, al mismo tiempo, enseñarle a expresarlo sin insultos, amenazas o agresiones.

Los adultos tenemos la misma responsabilidad.

Si exigimos respeto mientras gritamos, ridiculizamos o descalificamos, nuestro mensaje pierde coherencia.

Podemos decir:

“Entiendo que no estés de acuerdo conmigo. Podemos hablarlo, pero necesitamos hacerlo sin insultarnos.”

Así mantenemos el límite sin negar su derecho a tener una opinión.


Cambios esperables y señales que merecen más atención

No todos los cambios emocionales o conductuales durante la adolescencia indican un problema.

Puede haber períodos con mayor necesidad de privacidad, cambios de intereses, más preocupación por las amistades, cuestionamiento de algunas normas, búsqueda de independencia o momentos de irritabilidad.

Pero “son cosas de la edad” no debería convertirse en una explicación para todo.

La OMS señala que la adolescencia es también una etapa especialmente importante para la salud mental y destaca el valor de contar con entornos familiares, escolares y comunitarios seguros y protectores.

Más que fijarnos en una conducta aislada, conviene observar su intensidad, cuánto dura y cuánto está afectando la vida cotidiana.

Merece especial atención si aparecen, por ejemplo:

  • tristeza, ansiedad o irritabilidad intensas y persistentes;

  • pérdida marcada de interés en actividades que antes disfrutaba;

  • aislamiento progresivo de familiares y amistades;

  • cambios importantes en el sueño o la alimentación;

  • deterioro notable y sostenido del funcionamiento escolar;

  • consumo problemático de alcohol u otras sustancias;

  • conductas de riesgo importantes;

  • autolesiones;

  • comentarios sobre querer morir, hacerse daño o sentirse una carga;

  • cambios muy marcados respecto de la forma habitual de ser del adolescente.

El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (National Institute of Mental Health, NIMH) incluye entre las señales que requieren atención la pérdida de interés, el retraimiento, la irritabilidad persistente, los cambios en sueño o alimentación, el descenso del rendimiento escolar y los pensamientos de suicidio o autolesión.

Una señal aislada no permite realizar un diagnóstico.

Pero si algo preocupa, persiste o interfiere significativamente con la vida cotidiana, es importante conversar con un profesional de salud.


Si habla de suicidio o existe riesgo de autolesión

Los comentarios sobre querer morir, suicidarse o hacerse daño no deberían atribuirse simplemente a la adolescencia ni esperar a ver si desaparecen solos.

Si un adolescente expresa ideas suicidas o existe preocupación por una posible autolesión, es importante buscar ayuda.

El Ministerio de Salud de Chile (MINSAL) dispone de la línea de prevención del suicidio:

*4141 – “No estás solo, no estás sola”

Es gratuita, funciona las 24 horas y permite comunicarse desde un teléfono celular con profesionales de psicología ante una crisis de salud mental asociada al suicidio.

Si existe riesgo vital inmediato, es importante acompañar al adolescente y acudir a un servicio de urgencia o llamar al Servicio de Atención Médica de Urgencia (SAMU), 131.

Buscar ayuda ante estas señales no significa exagerar.

Significa tomar en serio aquello que el adolescente está comunicando.


También existen espacios de salud para adolescentes en Chile

El Ministerio de Salud de Chile cuenta con el Programa de Salud Integral de Adolescentes y Jóvenes, dirigido a la población adolescente de 10 a 19 años.

Entre sus objetivos están promover el desarrollo saludable, detectar oportunamente factores de riesgo y ofrecer atención integral considerando aspectos físicos, emocionales, familiares y sociales.

Dentro de la red pública también existen Espacios Amigables para la Salud de Adolescentes, donde pueden encontrarse orientación y atención en temas como salud mental, nutrición, salud sexual y reproductiva y consumo de alcohol u otras drogas.

Conocer estos recursos también puede ayudar a que consultar no aparezca solamente cuando existe una crisis.

La adolescencia necesita espacios preventivos donde sea posible hacer preguntas, pedir orientación y recibir apoyo.


La relación cambia, pero no desaparece

Quizá una de las partes más difíciles de acompañar esta etapa sea aceptar que nuestra relación con los hijos también debe crecer.

Ya no necesitan exactamente el mismo tipo de presencia que cuando eran pequeños.

Eso puede producir nostalgia.

Los propios CDC reconocen que madres, padres y cuidadores pueden sentir cierta tristeza cuando sus hijos pasan menos tiempo con ellos y hacen cada vez más cosas de manera independiente.

Los adultos también podemos sentir que nos despedimos de una etapa: de la mano que siempre buscaba la nuestra, de las historias interminables al regresar de la escuela o de ser quienes conocíamos cada pequeño detalle de su mundo.

Pero que la relación cambie no significa que desaparezca.

Podemos empezar a conocer a otra persona: alguien que desarrolla opiniones propias, descubre nuevos intereses, construye amistades más profundas, cuestiona ideas, prueba sus capacidades y comienza a preguntarse quién quiere ser.

Nuestra tarea ya no será dirigir cada paso. Será aprender cuándo acercarnos, cuándo orientar, cuándo sostener un límite y cuándo permitir que pruebe por sí mismo.


🌿 Para recordar

La adolescencia no es una enfermedad ni una etapa que tengamos que “sobrevivir”. Es un período de transformación.

La OMS sitúa la adolescencia entre los 10 y los 19 años, y la adolescencia temprana suele ubicarse aproximadamente entre los 10 y los 14.

Los adolescentes pueden necesitar más privacidad sin dejar de necesitar afecto. Pueden cuestionarnos y seguir valorando nuestra opinión. Pueden buscar independencia y, al mismo tiempo, necesitar orientación, límites y saber que seguimos disponibles.

Las amistades adquieren una importancia creciente, pero no necesariamente reemplazan a la familia.

No todos crecerán al mismo ritmo ni expresarán los cambios de la misma manera.

Y no todo debe atribuirse automáticamente a la edad. Cuando un cambio es intenso, persistente o afecta significativamente la vida cotidiana, merece atención.

Quizás uno de los mayores desafíos para los adultos sea comprender que acompañar a un hijo que crece también requiere que nosotros cambiemos.


Conclusión

Decir “adiós a la infancia” no significa perder al niño que conocíamos.

Significa hacer espacio para conocer a la persona que está apareciendo.

La adolescencia traerá momentos de distancia, desacuerdos y nuevas preguntas. También puede traer conversaciones más profundas, nuevas complicidades, humor, descubrimientos y la posibilidad de construir una relación diferente.

No necesitamos tener todas las respuestas.

A veces basta con que nuestros hijos sepan que, aunque ya no necesiten nuestra mano para cada paso, seguimos caminando cerca.


💚 Consejo de la educadora

Cuando un adolescente responde:

“Déjame.”

“No sé.”

“No quiero hablar.”

nuestro primer impulso puede ser seguir preguntando hasta conseguir una respuesta.

Pero insistir en ese momento puede cerrar todavía más la comunicación.

Podemos intentar:

“Está bien. No tienes que contármelo ahora. Si después quieres hablar, estoy aquí.”

Y después realmente darle un poco de espacio.

Esto no significa ignorar señales de riesgo ni renunciar a nuestra responsabilidad.

Si algo nos preocupa seriamente, tenemos que actuar.

Pero cuando no existe una situación de riesgo, estar disponibles sin forzar inmediatamente la conversación también puede ser una forma de acompañar.

Los CDC recomiendan mantener oportunidades de conexión, escuchar con empatía y hacer saber al adolescente que puede recurrir a los adultos de confianza incluso mientras desarrolla mayor independencia.

Como educadora, creo que algunas de las conversaciones más importantes con adolescentes no ocurren cuando nosotros decidimos que:

“Tenemos que hablar.”

Ocurren cuando ellos descubren que pueden acercarse sin recibir inmediatamente una crítica, un interrogatorio o un sermón.


Una lectura que inspiró esta entrada

Esta publicación nació originalmente a partir de la lectura de Adiós infancia: La travesía por la preadolescencia, de la psicóloga chilena Paulina Peluchonneau, publicado por Ediciones B Chile en 2015.

El libro aborda precisamente la transición entre la infancia y la adolescencia y los cambios que atraviesan tanto los jóvenes como sus familias.

Más de diez años después de escribir aquella entrada original, quise conservar esa inspiración y actualizarla incorporando información actual sobre desarrollo adolescente, autonomía, comunicación familiar y salud mental.


Fuentes consultadas

Organización Mundial de la Salud (OMS). Salud del adolescente. Define la adolescencia como la etapa comprendida entre los 10 y los 19 años y describe este período como una fase singular del desarrollo humano, caracterizada por rápidos cambios físicos, cognitivos y psicosociales que influyen en la manera de sentir, pensar, tomar decisiones y relacionarse con el entorno.

Organización Mundial de la Salud (OMS) (2025). La salud mental de los adolescentes. Información sobre bienestar emocional, factores de riesgo y protección y problemas de salud mental durante la adolescencia. Destaca la importancia de los entornos familiares, escolares y comunitarios protectores y de facilitar el acceso oportuno a apoyo cuando aparecen dificultades persistentes o situaciones de riesgo.

Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). 11 consejos para tener una buena comunicación con los adolescentes. Orientaciones sobre escucha activa, empatía, interés genuino por las opiniones y experiencias del adolescente y construcción de un vínculo basado en el respeto y la comunicación.

Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (Centers for Disease Control and Prevention, CDC). Essentials for Parenting Teens. Recursos para madres, padres y cuidadores de adolescentes de 11 a 17 años sobre conexión familiar, manejo de emociones, autonomía progresiva, expectativas claras, supervisión y acompañamiento durante esta etapa.

Ministerio de Salud de Chile (MINSAL). Programa de Salud Integral de Adolescentes y Jóvenes. Programa destinado a contribuir a la salud y al desarrollo integral de adolescentes de 10 a 19 años y jóvenes de 20 a 24 años mediante acciones de promoción, prevención, atención, recuperación y rehabilitación. Incluye el fortalecimiento de una atención oportuna, integral y respetuosa de la autonomía, participación y confidencialidad.

Ministerio de Salud de Chile (MINSAL). Línea de atención *4141 «No estás solo, no estás sola». Servicio gratuito de prevención del suicidio, disponible desde teléfonos celulares las 24 horas del día, de lunes a domingo. Permite que personas que atraviesan una emergencia o crisis de salud mental asociada al suicidio puedan comunicarse con un profesional de psicología capacitado para escuchar, orientar y brindar una primera asistencia.

Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (National Institute of Mental Health, NIMH). La depresión en los adolescentes: Algo más que mal genio. Información para reconocer cambios persistentes en el estado de ánimo, interés, sueño, alimentación, concentración, relaciones y funcionamiento cotidiano que pueden justificar una evaluación profesional. También destaca la importancia de buscar ayuda inmediata cuando aparecen pensamientos de suicidio o de hacerse daño.

Peluchonneau, Paulina (2015). Adiós infancia: La travesía por la preadolescencia. Ediciones B Chile. Libro de divulgación sobre la transición desde la infancia hacia la adolescencia y los cambios psicológicos y relacionales que pueden aparecer durante la preadolescencia.


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💬 ¿Y tú?

¿Has notado que tu relación con tus hijos o estudiantes cambia cuando comienzan a dejar atrás la infancia?

¿Qué ha sido lo más difícil —o lo más bonito— de aprender a acompañarlos de una manera diferente?




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