¿Cómo ayudar a los niños a aprender de sus errores? Acompañar sin miedo a equivocarse

“Me salió mal.”

“No puedo.”

“Soy malo para esto.”

“No quiero intentarlo otra vez.”

Equivocarse forma parte de aprender, pero eso no significa que los errores siempre sean fáciles de aceptar.

Para algunos niños, borrar una palabra, perder un juego, recibir una corrección o descubrir que una respuesta estaba equivocada puede producir frustración, vergüenza o incluso ganas de abandonar la actividad.

Como adultos, muchas veces queremos evitarles ese malestar. Corregimos rápidamente, hacemos la tarea por ellos o intentamos tranquilizarlos diciendo:

“No importa.”

Pero quizás podamos acompañarlos de otra manera.

Un error puede convertirse en una oportunidad para detenernos, comprender qué ocurrió y preguntarnos:

“¿Qué podríamos intentar diferente la próxima vez?”

La meta no es enseñar a los niños a disfrutar de equivocarse. Es ayudarlos a descubrir que un error no define quiénes son ni determina lo que serán capaces de aprender.


📌 Ficha rápida

¿Equivocarse ayuda a aprender?
Puede hacerlo, especialmente cuando el niño recibe información sobre lo ocurrido, reflexiona y tiene la oportunidad de probar nuevamente. Los errores por sí solos no garantizan aprendizaje.

¿Debemos felicitar siempre el esfuerzo?
No necesariamente. Es más útil reconocer estrategias, avances, perseverancia, búsqueda de ayuda y cambios concretos que repetir simplemente “te esforzaste mucho”. La American Psychological Association recomienda centrar la retroalimentación en el proceso de aprendizaje y en las estrategias utilizadas.

¿Todos los niños reaccionan igual ante los errores?
No. Algunos vuelven a intentarlo rápidamente; otros necesitan tiempo, apoyo emocional, una tarea más accesible o una forma diferente de recibir la corrección.

¿Hay que dejar que un niño se frustre para que aprenda?
No se trata de provocar frustración. El desafío debe ser suficientemente posible como para que pueda participar, aprender y avanzar con los apoyos que necesite.


Equivocarse no significa fracasar

Durante la infancia los errores aparecen constantemente.

Aprendemos a caminar perdiendo el equilibrio, a escribir realizando trazos imperfectos, a resolver problemas probando distintas estrategias y a relacionarnos con otras personas cometiendo también errores sociales.

El problema aparece cuando el niño comienza a interpretar:

“Me equivoqué”

como:

“No soy capaz.”

O incluso:

“Soy tonto.”

Ahí deja de estar evaluando una respuesta o una acción y comienza a evaluarse a sí mismo.

Podemos ayudarlo a separar ambas cosas.

No es lo mismo decir:

“Esta respuesta está equivocada.”

que:

“Tú eres malo para las matemáticas.”

Una describe algo que ocurrió. La otra convierte una dificultad en una identidad.


Una mentalidad de crecimiento, pero sin fórmulas mágicas

Probablemente hayas escuchado hablar de la mentalidad de crecimiento: la idea de que determinadas habilidades pueden desarrollarse mediante aprendizaje, buenas estrategias, práctica, apoyo y oportunidades.

Algunos estudios han relacionado este tipo de creencias con una mayor disposición a atender a los errores y volver a intentarlo. En niños en edad escolar, por ejemplo, se ha observado una asociación entre una mentalidad de crecimiento, mayor atención a los errores y mejor desempeño después de equivocarse.

Pero conviene evitar exageraciones.

Las revisiones de investigación muestran que las intervenciones destinadas únicamente a enseñar una “mentalidad de crecimiento” producen efectos académicos pequeños, variables y, en algunos análisis de mayor calidad, incluso no significativos.

Esto nos recuerda algo importante:

no basta con decirle a un niño “tú puedes” para que pueda.

También necesita enseñanza, oportunidades, estrategias adecuadas, tiempo, ayuda y condiciones que le permitan aprender.


“Inténtalo otra vez” no siempre es suficiente

Imaginemos que un niño intenta resolver una división y se equivoca.

Decir:

“Vamos, inténtalo de nuevo.”

puede ser útil si simplemente necesita otra oportunidad.

Pero si no comprendió cómo resolverla, repetir exactamente el mismo procedimiento probablemente conducirá al mismo resultado.

En ese caso podemos preguntar:

“¿En qué parte empezaste a confundirte?”

“¿Quieres que hagamos el primer paso juntos?”

“¿Hay otra forma de resolverlo?”

Aprender de los errores no consiste solamente en insistir.

También implica cambiar de estrategia cuando la anterior no está funcionando.

La APA recomienda precisamente ayudar a los estudiantes a comprender que el desempeño puede mejorar mediante esfuerzo, pero también mediante estrategias diferentes, apoyo y retroalimentación.


Cuidado con elogiar solamente el esfuerzo

Durante años se popularizó la recomendación de decir:

“¡Qué bien, te esforzaste!”

en lugar de:

“¡Qué inteligente eres!”

La idea tiene sentido: poner atención al proceso en vez de presentar la inteligencia como algo fijo.

Pero podemos ir un poco más lejos.

Si un niño lleva mucho tiempo utilizando una estrategia que no funciona, decir solamente:

“Sigue esforzándote.”

puede terminar siendo frustrante.

Podemos reconocer algo más concreto:

“Probaste dos maneras distintas.”

“Notaste dónde estaba el error y lo corregiste.”

“Pediste ayuda cuando la necesitabas.”

“Antes necesitabas que yo hiciera este paso contigo y ahora pudiste hacerlo solo.”

Así el reconocimiento está relacionado con acciones que el niño puede identificar y volver a utilizar, no con un elogio automático.

La APA recomienda que docentes y adultos pongan atención al esfuerzo, las estrategias, el progreso y la resolución de problemas, más que únicamente al resultado final.


Cuando el niño se frustra

Hay momentos en que explicar no sirve inmediatamente.

El niño arruga la hoja.

Borra tantas veces que la rompe.

Llora.

Dice:

“¡No lo voy a hacer!”

En ese momento quizás no necesite escuchar una larga explicación sobre la importancia de aprender de los errores.

Primero puede necesitar recuperar la calma.

Podemos decir:

“Veo que esto te frustró mucho.”

“Hagamos una pausa y después decidimos cómo continuar.”

Validar la frustración no significa eliminar la tarea ni resolverla por él.

Significa reconocer que aprender también puede ser emocionalmente exigente.

Una vez que esté más tranquilo será mucho más fácil revisar lo ocurrido.


El ejemplo de los adultos también enseña

Los niños observan cómo reaccionamos nosotros cuando nos equivocamos.

Imaginemos que olvidamos algo importante y decimos:

“¡Soy un desastre! Nunca hago nada bien.”

El mensaje que transmitimos no es solamente que cometimos un error.

También mostramos que un error puede convertirse inmediatamente en un juicio sobre nosotros mismos.

Podemos modelar algo diferente:

“Me equivoqué con la hora. Voy a revisar cómo puedo organizarme para que no vuelva a pasar.”

O:

“Pensé que esto funcionaría y no funcionó. Tendré que probar otra cosa.”

No necesitamos convertir cada equivocación en una lección para nuestros hijos.

Simplemente podemos dejar que vean que los adultos también se equivocan, reparan, aprenden y continúan.

La Academia Americana de Pediatría recuerda, incluso en relación con la crianza, que padres e hijos cometen errores mientras aprenden a comunicarse y resolver problemas, y que intentar ser padres o criar hijos “perfectos” no es una expectativa realista.


¿Y cuando el error afecta a otra persona?

No todos los errores son académicos.

Un niño puede hablar mal a un compañero, romper algo por descuido, mentir para evitar una consecuencia o actuar impulsivamente.

En esas situaciones, enseñar a aprender del error también significa asumir responsabilidad y reparar cuando sea posible.

No necesitamos etiquetarlo:

“Eres mentiroso.”

Podemos centrarnos en la conducta:

“Lo que dijiste no fue verdad. Necesitamos entender qué ocurrió y pensar cómo podemos solucionarlo.”

La pregunta no es solamente:

“¿Qué hiciste mal?”

También puede ser:

“¿Qué podrías hacer ahora para reparar lo ocurrido?”

Así el error no desaparece ni queda sin consecuencias, pero tampoco se convierte en una definición de la persona.


Qué podemos hacer los adultos

Algunas respuestas cotidianas pueden ayudar:

  • Evitar ridiculizar el error. Especialmente delante de otras personas.
  • Dar tiempo para pensar. No responder inmediatamente por el niño.
  • Preguntar qué ocurrió. “¿Dónde crees que comenzó la dificultad?”
  • Ayudar a buscar otra estrategia. No limitarse a decir “hazlo otra vez”.
  • Reconocer avances concretos. Comparar al niño consigo mismo y no constantemente con otros.
  • Normalizar nuestros propios errores. Sin dramatizarlos ni fingir que nunca ocurren.
  • Permitir correcciones. Volver a intentar es parte importante del proceso.
  • Ofrecer apoyos cuando sean necesarios. Ayudar no elimina el aprendizaje.
  • Separar la conducta de la identidad. Una acción puede necesitar corrección sin definir al niño.
  • Reparar cuando el error afecta a alguien. Aprender también implica asumir responsabilidad.

No todos necesitan el mismo tipo de ayuda

Para algunos niños, equivocarse en público puede resultar especialmente difícil.

Otros pueden tener dificultades para comprender una instrucción extensa, flexibilizar una estrategia o regular la frustración cuando algo no resulta como esperaban.

Un estudiante puede necesitar un ejemplo visual.

Otro puede necesitar dividir una tarea en pasos pequeños.

Otro quizá necesite más tiempo.

Algunos niños pueden beneficiarse de practicar primero en una situación con menor presión antes de mostrar lo aprendido frente al grupo.

Adaptar el apoyo no significa bajar necesariamente las expectativas.

Significa intentar que el desafío sea accesible y que el niño tenga una oportunidad real de participar y progresar.

En el aula esto también implica evitar comparar constantemente a los estudiantes. La APA recomienda poner el foco en el progreso individual y en las estrategias empleadas más que en comparar productos y desempeños entre niños.


Cuando equivocarse produce demasiado miedo

Hay niños que quieren hacer las cosas bien y se sienten decepcionados cuando no lo consiguen. Eso, por sí solo, no significa que exista un problema.

Pero conviene observar cuando el miedo a equivocarse comienza a dominar muchas situaciones.

Por ejemplo, cuando un niño evita actividades nuevas porque podría fallar, necesita revisar constantemente que todo esté perfecto, se angustia intensamente por pequeños errores, rompe o abandona tareas ante cualquier equivocación o su preocupación interfiere con el colegio, las relaciones o la vida familiar.

La preocupación excesiva por los errores forma parte de algunas dimensiones del perfeccionismo que se han relacionado con dificultades de salud mental en niños y adolescentes, incluida la ansiedad. La relación es compleja y no significa que un niño exigente consigo mismo tenga necesariamente un trastorno.

Si estas reacciones son intensas, persisten o interfieren significativamente con su vida cotidiana, puede ser útil conversar con un profesional para comprender qué hay detrás de ellas.


🌿 Para recordar

Los errores pueden formar parte del aprendizaje, pero no necesitamos celebrar cada equivocación ni dejar al niño solo frente a su frustración.

Aprender del error requiere algo más: comprender qué ocurrió, recibir información útil, contar con apoyos cuando sean necesarios y disponer de una nueva oportunidad.

Tampoco basta con repetir:

“Tú puedes.”

A veces el niño necesita que le enseñemos cómo puede.

Y quizás una de las ideas más importantes que podemos transmitirle sea esta:

“Que algo no te haya resultado todavía no dice cuánto podrás aprender después.”


Conclusión

Equivocarse puede resultar incómodo.

A nadie le gusta fallar constantemente, recibir correcciones o descubrir que aquello que intentó no funcionó.

Por eso nuestro objetivo no debería ser conseguir que los niños pierdan completamente el miedo a equivocarse.

Podemos aspirar a algo más realista:

que descubran que un error se puede revisar, una estrategia se puede cambiar, una conducta se puede reparar y una habilidad se puede seguir desarrollando.

Un error puede decir:

“Esto todavía necesita trabajo.”

No necesita decir:

“Yo no soy capaz.”


💚 Consejo de la educadora

Cuando un estudiante me dice:

“No puedo.”

intento evitar responder inmediatamente:

“Sí puedes.”

Porque quizá, en ese momento, realmente no puede hacerlo todavía de la manera en que se lo estamos pidiendo.

Prefiero buscar con él qué parte sí puede hacer.

Podemos decir:

“Muéstrame hasta dónde llegaste.”

“Hagamos este paso juntos.”

“Probemos otra forma.”

Esto cambia bastante el mensaje.

Ya no estamos exigiendo confianza antes de que existan motivos para sentirla.

Estamos ayudándolo a construir pequeñas experiencias en las que pueda comprobar:

“Antes no sabía hacerlo y ahora puedo avanzar un poco más.”

En educación, esas pequeñas diferencias importan.


Fuentes consultadas

American Psychological Association (APA). Top 20 Principles from Psychology for PreK–12 Teaching and Learning. Orientaciones sobre aprendizaje, motivación, retroalimentación, estrategias, errores y progreso individual.

Schroder, H. S. y colaboradores (2017). Neural evidence for enhanced attention to mistakes among school-aged children with a growth mindset. Estudio sobre atención a los errores y desempeño posterior en niños en edad escolar.

Macnamara, B. N. & Burgoyne, A. P. (2023). Revisión sistemática y metaanálisis sobre intervenciones de mentalidad de crecimiento y rendimiento académico. Encontró efectos pequeños y señala importantes limitaciones de la evidencia, por lo que estas intervenciones no deberían presentarse como una solución simple para mejorar el aprendizaje.

Burnette, J. L. y colaboradores (2023). Revisión sistemática y metaanálisis de intervenciones de mentalidad de crecimiento. Muestra que sus efectos varían según la población y las condiciones de implementación.

Leone, E. M. & Wade, T. D. (2018). Revisión sistemática sobre perfeccionismo en niños y su relación con salud mental y bienestar.

American Academy of Pediatrics – HealthyChildren.org. Orientaciones sobre errores, expectativas realistas y la idea de que no existen padres ni hijos perfectos.


💬 ¿Y tú?

¿Cómo suele reaccionar tu hijo o estudiante cuando algo no le resulta a la primera?

¿Hay alguna frase o estrategia que hayas descubierto que lo ayuda a volver a intentarlo?

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