Jardinería y bienestar: cómo las plantas pueden acompañarnos en cada etapa de la vida

Plantar una semilla.

Regar.

Esperar.

Descubrir una hoja nueva.

Trasplantar una planta.

Cosechar algo que hemos cuidado durante semanas.

La jardinería puede formar parte de nuestra vida de muchas maneras. Para algunas personas es un pasatiempo. Para otras, una forma de descansar, mantenerse activas, aprender, compartir con alguien o simplemente disfrutar del contacto con las plantas.

También existen intervenciones profesionales que utilizan actividades relacionadas con la horticultura con objetivos específicos de bienestar, rehabilitación o tratamiento.

Pero no son exactamente lo mismo.

Y tampoco necesitamos convertir cada momento en el jardín en una “terapia” para reconocer que puede ser una experiencia valiosa.

Una revisión paraguas y metaanálisis publicada en 2024 encontró resultados generales favorables de actividades de jardinería y terapia hortícola en diferentes indicadores de bienestar, calidad de vida y salud. Sin embargo, también encontró una gran heterogeneidad entre los estudios y una calidad metodológica frecuentemente baja, por lo que los autores advierten que los resultados no permiten hacer afirmaciones clínicas contundentes.

Por eso, en esta entrada hablaremos de lo que las plantas pueden aportar, sin presentarlas como una cura ni como un sustituto de los tratamientos que una persona pueda necesitar.


📌 Ficha rápida

¿La jardinería puede favorecer el bienestar?
La investigación encuentra resultados prometedores en distintas poblaciones, pero la calidad de la evidencia es variable. Podemos considerarla una actividad potencialmente beneficiosa, no un tratamiento universal.

¿Jardinería y terapia hortícola son lo mismo?
No. La jardinería cotidiana puede realizarse por placer, aprendizaje o recreación. La terapia hortícola utiliza actividades con plantas dentro de un plan terapéutico, de rehabilitación o vocacional y con objetivos definidos.

¿Existe también la horticultura terapéutica?
Sí. La Asociación Estadounidense de Terapia Hortícola distingue la horticultura terapéutica de la terapia hortícola. Puede utilizar actividades con plantas para favorecer el bienestar y alcanzar objetivos de un programa, pero no necesariamente dentro de un tratamiento clínico individualizado.

¿Los niños pueden participar?
Sí, adaptando las actividades a su edad y características y prestando especial atención a herramientas, plantas potencialmente tóxicas, tierra, productos de jardinería y lavado de manos.

¿Hace falta tener un gran jardín?
No. Una maceta, unas hierbas aromáticas en la cocina o un pequeño recipiente en un balcón también pueden ofrecer oportunidades para observar y cuidar algo que crece.


Jardinería, horticultura terapéutica y terapia hortícola: no son lo mismo

Estas expresiones suelen utilizarse indistintamente, pero conviene diferenciarlas.

La jardinería puede ser una actividad cotidiana que realizamos por placer, interés, alimentación, contacto con la naturaleza o simplemente porque nos gustan las plantas.

La horticultura terapéutica utiliza de manera intencionada actividades relacionadas con plantas para favorecer el bienestar o cumplir los objetivos de un programa. Puede ser facilitada por profesionales con formación en este ámbito.

La terapia hortícola, según la Asociación Estadounidense de Terapia Hortícola (AHTA, por sus siglas en inglés), forma parte de un plan establecido de tratamiento, rehabilitación o formación vocacional y persigue objetivos específicos mediante actividades hortícolas.

Esta diferencia es importante.

Trasplantar una planta en casa después de un día agotador puede resultarnos agradable o ayudarnos a desconectarnos de las preocupaciones.

Eso no significa que estemos realizando terapia hortícola.

Una actividad puede contribuir a nuestro bienestar sin necesidad de llamarla terapia.


¿Qué sabemos realmente sobre jardinería y bienestar?

La investigación ha estudiado jardines comunitarios, jardinería doméstica, programas hortícolas y terapia hortícola en poblaciones muy diferentes.

La revisión paraguas de Panțiru y colaboradores, publicada en 2024, reunió 40 revisiones previas. En términos generales encontró resultados positivos en distintos indicadores de bienestar, calidad de vida y salud. Sin embargo, existía una heterogeneidad considerable entre las intervenciones y las medidas utilizadas. Además, la mayoría de las revisiones incluidas fueron calificadas como de calidad baja o críticamente baja.

Esto nos obliga a ser cuidadosos.

No sería correcto afirmar:

“La jardinería combate la depresión.”

“Tener plantas reduce la ansiedad.”

“Cultivar un huerto mejora la salud mental.”

como si esos efectos estuvieran garantizados para cualquier persona.

Una formulación más prudente sería:

la jardinería y determinadas intervenciones hortícolas pueden ser actividades valiosas para el bienestar de algunas personas, y existen resultados prometedores en investigación, pero sus efectos dependen del contexto, la persona y el tipo de intervención.


🌱 Las plantas pueden acompañarnos durante toda la vida

Una de las cosas que más me gusta de la jardinería es que puede transformarse junto con nosotros.

No necesitamos hacer lo mismo a los cuatro años que a los cuarenta o a los ochenta.

La actividad puede adaptarse.

Primera infancia: descubrir con los sentidos

Para un niño pequeño, estar cerca de las plantas puede ser principalmente una experiencia de exploración.

Tocar una hoja.

Oler una hierba aromática.

Observar una flor.

Sentir la tierra.

Regar.

Descubrir que una semilla que parecía inmóvil comienza a cambiar.

No necesitamos convertir inmediatamente cada experiencia en una lección sobre botánica.

Podemos simplemente acompañar:

“Mira, apareció una hoja nueva.”

“Esta planta huele diferente.”

“La tierra está seca. ¿Qué crees que necesita?”

El objetivo puede ser explorar y participar.

Siempre, por supuesto, con supervisión y utilizando plantas y materiales apropiados para la edad.

Niñez: cuidar algo que crece

Durante la niñez pueden asumir progresivamente pequeñas responsabilidades.

Elegir dónde colocar una maceta.

Recordar que necesita agua.

Sembrar.

Observar cambios.

Recolectar una hoja o fruto cuando corresponde.

Volver a plantar si algo no creció.

Los programas de jardines escolares se han estudiado como experiencias de aprendizaje práctico y promoción del bienestar. Una síntesis de 2023 encontró resultados favorables en algunos programas, pero también señaló que los efectos dependen de cómo están diseñados y de factores como la participación familiar, el contexto educativo y la integración de las actividades al aprendizaje.

No necesitamos prometer que cultivar una planta volverá automáticamente al niño más responsable o paciente.

Podemos decir algo más concreto:

le ofrece una situación real en la que puede practicar cuidado, observación y participación.

Y también descubrir que no todo ocurre inmediatamente.

Una semilla necesita tiempo.

Una flor puede marchitarse.

Una planta puede no sobrevivir.

Entonces podemos volver a intentarlo.

Adolescencia: un espacio que puede ser propio

No todos los adolescentes sentirán interés por las plantas.

Pero para quienes sí lo hacen, cuidar un pequeño huerto, cultivar especies que eligieron o diseñar un rincón verde puede convertirse en una actividad personal.

Aquí podemos dar más autonomía.

Que elijan.

Investiguen.

Prueben.

Se equivoquen.

Decidan qué quieren cultivar.

No necesitamos convertir la experiencia en otra obligación familiar.

Quizá precisamente parte de su valor esté en que sea un espacio elegido por ellos.

Adultez: encontrar un espacio entre las responsabilidades

Durante la adultez es fácil llenar nuestros días de obligaciones.

Trabajo.

Casa.

Cuidado de otras personas.

Trámites.

Pantallas.

Pendientes.

Para algunas personas, dedicar un momento a las plantas puede convertirse en una actividad agradable dentro de esa rutina.

Regar al llegar del trabajo.

Salir al jardín durante unos minutos.

Cultivar alimentos.

Trasplantar durante el fin de semana.

Compartir el cuidado del huerto con la familia.

No necesitamos justificar ese tiempo afirmando que estamos realizando una intervención de salud.

Una actividad que disfrutamos ya puede tener valor por sí misma.


Personas mayores: seguir haciendo, eligiendo y participando

La jardinería también puede adaptarse cuando cambian la movilidad, la fuerza o la resistencia.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 reunió 27 estudios con 1.629 personas mayores de 60 años sin demencia y encontró posibles mejoras en algunos resultados psicosociales y físicos asociados con terapia hortícola. Sin embargo, los propios autores calificaron la certeza global de la evidencia como muy baja, principalmente por limitaciones metodológicas y riesgo de sesgo.

Por eso nuevamente debemos evitar afirmaciones como:

“La jardinería previene el deterioro.”

o

“La terapia hortícola mejora necesariamente la salud de las personas mayores.”

Lo que sí podemos reconocer es que estas actividades pueden ofrecer oportunidades para:

seguir realizando tareas significativas;

tomar decisiones;

mantener intereses;

compartir conocimientos;

participar con otras personas;

y adaptar una actividad conocida a nuevas capacidades.

Y esto último me parece especialmente importante.

Envejecer no debería significar que otros comiencen a decidir todo por nosotros.


Adaptar el jardín para poder seguir participando

Una persona no necesita poder agacharse, caminar grandes distancias o utilizar herramientas convencionales para disfrutar de las plantas.

Podemos modificar la actividad.

Por ejemplo:

usar mesas de cultivo elevadas;

acercar las macetas;

utilizar recipientes más livianos;

trabajar sentado;

elegir herramientas con mangos más cómodos;

disminuir el peso de las regaderas;

utilizar sistemas de riego sencillos;

poner etiquetas grandes o de alto contraste;

organizar los materiales para que estén al alcance;

o realizar una parte de la tarea mientras otra persona ayuda con aquello que resulta más difícil.

También podemos adaptar la experiencia según necesidades sensoriales, motoras, visuales o cognitivas.

La meta no tiene que ser hacer jardinería de una única manera correcta.

Puede ser encontrar la manera en que esa persona todavía pueda participar.


Participar también puede significar enseñar

Una persona mayor quizá ya no pueda trabajar durante horas en un jardín.

Pero puede saber muchísimo sobre él.

Cómo preparar la tierra.

Cuándo sembrar.

Qué planta necesita sol.

Cómo reconocer una plaga.

Qué variedad cultivaba su familia.

Cómo conservar semillas.

Ese conocimiento también puede compartirse.

Un niño y su abuelo pueden participar de maneras completamente diferentes en la misma actividad.

Uno cava.

El otro explica.

Uno lleva la maceta.

El otro decide dónde colocarla.

Hacer algo juntos no significa que todos tengan que hacer exactamente la misma tarea.


Cuando la jardinería se utiliza con objetivos terapéuticos

En algunos contextos, las actividades hortícolas forman parte de programas de rehabilitación, salud mental, discapacidad, educación o envejecimiento.

Allí sí importa diferenciar una actividad recreativa de una intervención profesional.

La AHTA establece que la terapia hortícola se desarrolla dentro de un plan con objetivos definidos y que la horticultura terapéutica puede utilizarse también en programas orientados al bienestar con profesionales formados para ello.

Esto es especialmente importante cuando vemos afirmaciones como:

“La terapia con plantas sirve para tratar…”

La pregunta debería ser:

¿Qué intervención se realizó? ¿Con qué población? ¿Con qué objetivo? ¿Quién la facilitó? ¿Qué evidencia existe?

Poner una maceta en una residencia, una escuela o un centro de salud no convierte automáticamente la actividad en terapia hortícola.


Un poco de historia

La utilización de jardines y actividades hortícolas en contextos de salud y rehabilitación tiene una historia anterior a muchas de las organizaciones que actualmente trabajan en el área.

En la versión antigua de esta entrada mencionaba a Chris Underhill como creador de la terapia hortícola.

Esa afirmación era incorrecta y merece ser corregida.

Underhill fue una figura relevante en el desarrollo del área en Reino Unido. En 1979 fundó la Society for Horticultural Therapy and Rural Training, organización que posteriormente se convirtió en Thrive, inspirándose en su experiencia trabajando con personas con discapacidad. Pero no fue el creador de la terapia hortícola.

Prefiero conservar esta pequeña corrección porque también forma parte del proceso de renovar el blog:

actualizar no es solamente agregar información nueva; a veces significa reconocer que algo que publicamos años atrás necesitaba corregirse.


Seguridad: disfrutar de las plantas también significa conocerlas

Especialmente cuando hay niños pequeños, conviene saber qué plantas tenemos en casa o en el jardín.

La Academia Americana de Pediatría (AAP) recomienda conocer el nombre de las plantas del hogar y considerar retirar aquellas potencialmente venenosas cuando viven o visitan niños pequeños o mascotas.

También es conveniente:

  • mantener productos de jardinería fuera del alcance infantil;
  • utilizar herramientas apropiadas para la edad;
  • supervisar las actividades de los niños pequeños;
  • enseñar que no deben probar hojas, flores, frutos o semillas sin que un adulto sepa que son comestibles;
  • guardar semillas y bulbos de manera segura;
  • protegerse adecuadamente del sol;
  • cubrir heridas cuando corresponda;
  • y lavarse bien las manos después de manipular tierra y antes de comer.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) incluyen el contacto con tierra entre las situaciones después de las cuales recomiendan lavarse las manos con agua y jabón.

No se trata de transformar el jardín en un lugar peligroso.

Se trata de disfrutarlo con algunas precauciones razonables.


Una planta medicinal no es automáticamente un medicamento seguro

Cultivar hierbas aromáticas o plantas utilizadas tradicionalmente con fines medicinales puede resultar interesante.

Pero que una planta sea “natural” no significa que sea inocua.

Una planta puede producir efectos adversos, provocar alergias o interactuar con medicamentos.

Por eso no deberíamos utilizar esta entrada como una invitación a reemplazar tratamientos médicos por preparados caseros.

Podemos cultivar una planta por interés, tradición o aroma.

Utilizarla como tratamiento es otra decisión y puede requerir orientación profesional.


¿Y si no tenemos jardín?

No hace falta disponer de un gran espacio.

Podemos comenzar con:

una maceta en una ventana;

hierbas aromáticas en la cocina;

una pequeña jardinera en el balcón;

semillas germinando en un recipiente;

una planta interior apropiada para el hogar;

o la participación en un jardín comunitario o escolar.

También podemos disfrutar de las plantas sin cultivarlas.

Visitar un parque.

Observar árboles.

Fotografiar flores.

Cuidar las plantas de otra persona.

Aprender sus nombres.

El bienestar no depende de tener una casa con un gran jardín.


Tampoco a todo el mundo le tiene que gustar

Hay personas que disfrutan profundamente cultivar plantas.

Otras no.

Alguien puede sentirse relajado mientras trasplanta y otra persona aburrirse.

Un niño puede fascinarse con los insectos del jardín y otro querer alejarse inmediatamente.

Eso también forma parte de una mirada inclusiva.

No necesitamos convertir una actividad potencialmente beneficiosa en una obligación de bienestar.

Si no disfrutas la jardinería, existen muchas otras maneras de moverte, descansar, crear, compartir y relacionarte con el entorno.

La mejor actividad no es necesariamente aquella que tiene más estudios detrás.

También importa que tenga sentido para la persona.


🌿 Para recordar

La jardinería cotidiana, la horticultura terapéutica y la terapia hortícola no son exactamente lo mismo.

La investigación sobre jardinería y bienestar ofrece resultados prometedores, pero presenta bastante variabilidad y no permite afirmar que cultivar plantas cure problemas de salud física o mental.

Las actividades con plantas pueden adaptarse a diferentes edades, intereses y capacidades.

Con los niños necesitamos supervisión, plantas conocidas y hábitos básicos de seguridad.

En las personas mayores o con limitaciones físicas, adaptar herramientas y espacios puede permitir que continúen participando.

Y no necesitamos demostrar que una planta “nos cura” para justificar el placer de cuidarla.

A veces sembrar, esperar y observar cómo algo crece es simplemente una experiencia que merece ser disfrutada.


Conclusión

Una planta nos recuerda algo sencillo:

hay procesos que necesitan tiempo.

No podemos tirar de una hoja para conseguir que crezca más rápido.

Podemos ofrecer agua.

Luz.

Un lugar adecuado.

Cuidado.

Y observar qué ocurre.

Quizá por eso las plantas pueden acompañar tantos momentos de nuestra vida.

Un niño puede descubrirlas.

Un adolescente hacer suyo un pequeño espacio.

Un adulto encontrar allí una actividad que disfruta.

Una persona mayor continuar cuidando algo que forma parte de su historia.

No necesitamos atribuirles poderes que la evidencia no ha demostrado.

Podemos valorar algo mucho más real:

la posibilidad de participar, observar, aprender y cuidar un ser vivo a nuestro propio ritmo.


💚 Consejo de la educadora

Cuando trabajo una actividad con plantas junto a un niño, intento resistir una tentación muy frecuente entre quienes educamos:

convertir inmediatamente todo en una clase.

Podemos preguntar cómo se llaman las partes de una planta.

Contar las semillas.

Hablar de fotosíntesis.

Medir cuánto creció.

Registrar cada cambio.

Todas esas actividades pueden ser valiosas.

Pero no siempre son necesarias.

A veces podemos simplemente decir:

“Mira lo que pasó.”

Y esperar.

Quizás el niño toque la tierra.

Huela una hoja.

Descubra un insecto.

Haga una pregunta que nosotros no habíamos planificado.

O simplemente riegue y se vaya.

Como educadora, me gusta recordar que no toda experiencia necesita convertirse inmediatamente en una tarea para convertirse en aprendizaje.

Dejar espacio para observar, descubrir y disfrutar también tiene valor.


Fuentes consultadas

Asociación Estadounidense de Terapia Hortícola (AHTA, por sus siglas en inglés). Definitions and Positions. Define y diferencia terapia hortícola, horticultura terapéutica y los tipos de programas asociados.

Panțiru, I., Ronaldson, A., Sima, N., Dregan, A. y Sima, R. (2024). The impact of gardening on well-being, mental health, and quality of life: an umbrella review and meta-analysis. Revisión paraguas de 40 revisiones sobre jardinería, terapia hortícola, bienestar y calidad de vida. Los resultados generales fueron favorables, pero la heterogeneidad y las limitaciones metodológicas impiden extraer conclusiones clínicas fuertes.

Holloway, T. P. y colaboradores (2023). School Gardening and Health and Well-Being of School-Aged Children: A Realist Synthesis. Síntesis sobre programas de jardines escolares y los diferentes factores que pueden influir en sus resultados.

Giang, T. A. y colaboradores (2024). Effectiveness of Horticultural Therapy in Older Adults without Dementia: A Systematic Review and Meta-Analysis. Revisión de 27 estudios y 1.629 personas mayores; encontró posibles beneficios físicos y psicosociales, pero calificó la certeza global de la evidencia como muy baja.

Academia Americana de Pediatría (AAP), HealthyChildren.org. Orientaciones sobre prevención de intoxicaciones, identificación de plantas y seguridad cuando hay niños pequeños en el hogar.

Thrive. Our history. Historia de la organización fundada por Chris Underhill en Reino Unido en 1979 y de su papel en el desarrollo de la terapia hortícola en ese país.


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